las matriculas, una vez más

Publicado en Noticias de Gipuzkoa en 2012

 

De nuevo las matriculaciones en Religión

Con febrero llega la campaña para la pre matriculación en las escuelas, de cara

al siguiente curso escolar de nuestros niños y niñas.

La decisión de optar por una escuela en la que matricular a las criaturas es muy

importante para todas las madres y los padres. Nos preocupa los conocimientos que

podrán adquirir nuestros hijas e hijos y su capacitación para este mundo tan difícil

y cambiante en que vivimos, pero también nos preocupa con quién van a convivir,

cuáles van a ser sus modelos de referencia, cómo van a adquirir unos hábitos para la

vida y el trabajo, todas esas cosas que sabemos importantes a la hora de formar

personas maduras y autónomas.

Últimamente nos complican un poco más tomar esa decisión. La contrarreforma

política emprendida y los mercados (esos señores terribles que en los últimos

tiempos se han empeñado en amargarnos la existencia) han aterrizado también en el

ámbito de la educación, abriéndola a los principios y prácticas del neoliberalismo y

arrinconando el principio de la educación como un derecho fundamental para todos

y para todas, que ha de ser promovido por el estado. Así se han introducido criterios mercantiles que se traducen en campañas de marketing más o menos agresivas,

induciéndonos a matricular a nuestros hijos e hijas en unos centros privados u en

otros, o en la escuela pública.

Pero este año se suma una novedad. Ya no solo los centros compiten entre sí por la

matrícula del alumnado, la jerarquía católica también se ha lanzado al ruedo del

mercado con una campaña para que matriculemos a nuestras criaturas en clases de

religión.

Argumentan la matriculación de las criaturas en religión porque es un derecho de los

padres. Efectivamente la ley ofrece esa opción, que los padres elijan si quieren que

sus hijos den clase de religión católica en la escuela.

La legislación actual en materia educativa (LOE) recoge lo dispuesto en el Acuerdo

entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales, que no es más que un desarrollo del Concordato firmado entre España y la Santa Sede en

1976, que a su vez da continuidad al que firmó Franco en 1953 . Según esta

legislación los centros tienen que ofertar la asignatura de religión y los padres y

madres o alumnado decidir si quieren cursar o no esta asignatura.

Pero también es una violación de la libertad de conciencia, de la que se supone que

es garante la Constitución, que en una escuela pública se den clases de religión, se

tenga que organizar el centro y el currículo de todo el alumnado en función de esas

clases de religión católica y que incluso, el profesor de filosofía o la tutora de

nuestros hijo o hija pueda ser sea una profesora de religión.

Por eso muchas personas pensamos que esos acuerdos con la Santa Sede, en los que

se basan estas leyes, van en contra del artículo 16 de la Constitución, que proclama

España como un estado aconfesional y por lo tanto, la educación que se imparte a

través de su sistema público de enseñanza, así ha de ser también. El que la

legislación garantice esta opción no la convierte en un derecho, si no en un privilegio

legalizado.

Las madres y los padres que, ejerciendo su derecho a decidir libremente la

educación de sus hijos/as, quieran instruirlos en una creencia determinada pueden

llevarlos a las iglesias, a las mezquitas o a las sinagogas, que son los lugares

adecuados para recibir dicha instrucción. El problema no es la enseñanza de

doctrinas, creencias y prácticas religiosas. El problema es el espacio dónde se

realiza. La enseñanza de una religión, de unas determinadas creencias es un aspecto

privado y no debe ser financiado con los impuestos de los contribuyentes que tienen

distintas ideas religiosas o filosóficas sobre el sentido de la vida.

También se argumenta que la religión es un elemento esencial de nuestra cultura,

elemento que las clases de religión católica van a mantener y trasmitir a las

futuras generaciones.

Las religiones, todas, son una manifestación más de las relaciones sociales que

existen en una comunidad. Como el resto de las relaciones y producciones humanas,

las formas de organización política, la cultura, etc. cambian y se transforma a lo

largo del tiempo. Las distintas ciencias sociales (historia, sociología, antropología…)

tienen como objeto el estudio de esas manifestaciones sociales y sus cambios, y así se estudia o se debe estudiar la aportación de las religiones a las diferentes culturas

en nuestro currículo.

Pero la fe, las creencias o prácticas religiosas no son una asignatura, pertenecen a la

esfera de las creencias personales por lo que no pueden formar parte de las

competencias básicas escolares ni del currículo de la enseñanza obligatoria.

También se suele esgrimir que la religión aporta una educación en valores, tan

necesaria en estos tiempos que corren. No nos engañemos. Siempre educamos en

valores. “El sentido de la existencia y la moral” por citar palabras de Munilla, no

son monopolio de ningún grupo. El asunto está en qué valores educamos. La escuela

pública tiene que educar en unos valores universales que sean ejes de convivencia

en sociedades cómo las actuales, cada vez más diversas y plurales. El ideario de un

determinado grupo no puede imponerse al conjunto, porque provoca exclusión y

segregación. La escuela tiene que ser integradora y desarrollar los valores

expresados por los derechos humanos.

Pero hay un argumento que no aparece, del que no habla Munilla ni se escucha en la

publicidad radiofónica y que es mucho más contundente. Es el argumento de los datos, de la realidad.

El alumnado que se matricula en clase de religión ha bajado y sigue bajando

claramente. Según datos referidos al curso 2010/2011 en la CAV, en la escuela

pública sólo el 23% del alumnado optó por apuntarse a las clases de religión. La

realidad sociológica no se corresponde con esa supuesta “falta de derechos “ni

con”las campañas de acoso” que se mencionan. La mayor parte de la ciudadanía,

creyente católica o de otras religiones, agnóstica, no creyente o indiferente, hemos

decidido, con buen sentido democrático, que es mejor no llevar a nuestras hijas e

hijos a clase de religión.

El problema es que tal y como está conformada la ley, por un solo alumno o alumna

que solicite recibir clases de religión católica, todos los demás tienen que

reorganizar sus horarios y emplear esas horas en una materia, la cual por sus características y contenidos no les va a aportar mucho. Horas que podrían dedicarse

a reforzar otras materias, que según los estudios, nos hacen bastante falta.

La libertad de conciencia y la igualdad son pilares fundamentales para la salud

democrática de una sociedad. La escuela pública tiene que basarse en estos pilares

para desarrollar una educación libre de adoctrinamientos y que posibilite un acceso

al conocimiento universal y a los derechos humanos de todos y todas.

No apuntar a nuestras hijas e hijos a clase de religión es una manera de facilitar que

nuestra realidad social se imponga a un concordato impositivo, caduco y obsoleto.

Facilitar el camino para que el adoctrinamiento religioso salga de nuestras escuelas y

podamos construir una escuela pública, laica, científica y que eduque en igualdad a

niñas y niños.

Laikotasuna (Colectivo por la laicidad)